16 de marzo 2026

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En la medianoche del sábado 4 de abril los relojes en Chile se retrasarán una hora para dar inicio al horario de invierno. Aunque para muchas personas puede parecer un cambio menor, desde la psicología y la cronobiología se trata de una modificación que puede generar efectos reales en el organismo.

El psicólogo y docente de ADIPA, Jaime Olivos, explica que el cuerpo humano funciona con un complejo sistema de relojes biológicos que regulan procesos claves como el sueño, el estado de alerta, la temperatura corporal y el ánimo.

“El cuerpo no tiene un solo reloj, sino miles distribuidos en distintos órganos y células. Todos están sincronizados por el cerebro a través de la luz solar. Cuando cambiamos la hora oficial, este sistema recibe señales que no coinciden entre sí, generando lo que los especialistas llaman jet lag social”, explica Olivos.

Este fenómeno ocurre cuando el horario social, lo que marcan los relojes y las obligaciones diarias, deja de coincidir con el tiempo biológico del organismo. De acuerdo con investigaciones en cronobiología, el cerebro puede tardar entre uno y cinco días en ajustarse completamente a un cambio de una hora, dependiendo de la persona. Durante ese período es común experimentar dificultades para dormir, somnolencia durante el día, menor concentración o sensación de cansancio.

“Sentir que el cambio de hora afecta no es una exageración ni una debilidad personal. Es biología. Nuestro organismo evolucionó siguiendo el ciclo natural de luz y oscuridad del sol, no los cambios administrativos del reloj”, señala el especialista.

El impacto no se limita al sueño. La evidencia científica muestra que la pérdida o fragmentación del descanso puede afectar el funcionamiento de áreas cerebrales vinculadas al juicio, la planificación y el autocontrol. Esto puede traducirse en mayor dificultad para concentrarse, menor productividad o más errores en tareas cotidianas.

Además, el cambio de horario también puede influir en el estado de ánimo. La luz solar cumple un rol clave en la regulación de neurotransmisores como la serotonina, asociada al bienestar emocional. Cuando los ciclos de luz se desplazan respecto al horario habitual, algunas personas pueden experimentar irritabilidad, ansiedad o menor energía durante los días posteriores al cambio.

Otro aspecto relevante es que el impacto no es igual para todos. Uno de los factores que explica esta diferencia es el cronotipo, es decir, la predisposición biológica de cada persona a funcionar mejor en la mañana o en la noche. Las personas con cronotipo vespertino, quienes tienden naturalmente a acostarse y levantarse más tarde, suelen tener más dificultades para adaptarse, ya que sus ritmos biológicos suelen estar más desalineados con los horarios sociales.

Los adolescentes, por ejemplo, presentan de forma natural un reloj biológico más nocturno, lo que puede aumentar el desajuste con los horarios escolares tras el cambio de hora.

Pese a estos efectos, existen hábitos simples que pueden ayudar a que el organismo se adapte con mayor rapidez. Uno de los más efectivos es la exposición a luz natural durante la mañana.

“Salir al aire libre entre 20 y 30 minutos durante las primeras horas del día ayuda a que el cerebro reciba la señal de ajuste del nuevo horario”, explica Olivos. A esto se suma mantener horarios regulares de sueño y de comidas, evitar el uso de pantallas al menos una hora antes de dormir y preferir la actividad física durante la mañana.

La mayoría de las personas logra adaptarse al cambio de horario dentro de una semana. Sin embargo, si los problemas de sueño, la somnolencia diurna o los cambios de ánimo persisten por más de dos semanas o comienzan a afectar el funcionamiento diario, podría ser recomendable consultar con un especialista.

“Hoy sabemos que la regularidad del sueño es un factor clave para la salud mental. No solo importa cuánto dormimos, sino también mantener horarios estables a lo largo de la semana”, concluye el psicólogo y docente de ADIPA.