23 de enero 2026

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  • Opinión por Félix Torres Hevia, documentalista cinematográfico, colaborador de la Fundación Encuentro Democrático, magister (c) en estudios políticos.

La banalización de la política afecta la forma en que pensamos, no solamente la sociedad, sino más bien en específico a nuestro conciudadano, a nuestro vecino, a nuestro prójimo. Pero para muchos parece que Lucas 6:31 es una torpeza mediática de Jesús, que no va con lo que está de moda, que no es suficientemente directo con cómo se hacen las cosas. Para la batalla cultural de algunos, Lucas 6:31 es una estupidez.

La forma de hacer política sí importa, más allá de las modas de marketing electoral o de audiencias. Entendemos que hoy el electorado no se alimenta con la televisión o la radio, sino que en internet, la gracia de burbujas informativas y cajas de resonancia que otorga San Algoritmo, donde sólo escuchamos lo que queremos escuchar, pero sobre todo, publicaciones y podcast donde se caldea lo más “fino” de la “discusión” política: propaganda y argumentaciones muy segmentadas, a los que no les faltan los gurús, que hacen prestidigitación constante de falacias. Todo esto, sazonado de denostaciones, epítetos y agresividad unilateral. En ningún momento debate real, que tampoco se nos ejercita en ningún lugar. Por lo que tampoco nunca se llega a algo sustancial en lo que se debería incumbir lo político: ponernos en acuerdo con la realidad precaria que vivimos.

Aunque es cierto que hay un prejuicio despectivo a la población evangélica por el mero hecho de su confesión, o por el mero hecho de expresar una posición opuesta al progresismo posmarxista, que responde a un tipo de izquierda que hoy es la que más fuerte habla, creo que flaco favor se hace a este aspecto cultural de prejuicio, que debe mitigarse y corregirse, por la forma destemplada en que gran población de la cristiandad ha querido introducirse en la conversación o debate político haciendo uso de la misma denostación y descalificación a personas, políticos, gobernantes y parlamentarios, por el mero hecho no solamente de su condición como personas o tendencia políticas sino también por su militancia, como si esto implicara de por sí incapacidades de entrar en el debate o ser parte de un gobierno y administración, provocando una decadencia en la discusión política, cuando creemos que los cristianos son los primeros en darle un valor al orden y armonía de la sociedad en búsqueda de la paz, de la denuncia del mal y en la promoción del bien. Cuando necesitamos priorizar por la amplitud de aristas de la necesidad de la población, antes de hacer proliferar aún más los puntos ciegos administrativos simplemente por una cuestión ideológica (asunto que no es monopolio de “los zurdos”).

Y esto más allá de las discusiones filosóficas, apologéticas o culturales que condenan o desean segregar a las personas por principios filosóficos y/o teológicos, primero debería ser transversal, como principio democrático, la de transparentar la información, o sea, el legítimo uso ciudadano de estar observando críticamente el mandato que rige sobre todo gobernante.

Que bueno que con esto que está sucediendo el público general se interese más por los currículums de los que pretenden gobernar. Pero también hay que reconocer que es un gesto de ir abarcando protagonismo del actual presidente electo, el comunicar su gabinete mucho antes de Marzo, y me parece inaudito y quizá hasta útil, políticamente, que con tanta anticipación, se comunique esta información y así en la palestra pública se la discuta – trascienda eso o no a las decisiones del FUTURO gobernante – pero por un lado que pone el foco de atención en sí mismo, al menos hoy, como dije, el currículum de los ministros se hace relevante. ¿Seguirá ese nivel de interés ciudadano por los gobiernos que vengan? Esta discusión también es parte del ejercicio democrático.

Es cierto que hay una canutofobia a la cual creo que hay que resistirse y denunciar por su hipocresía. (Creo que detrás de todo ideario hay un nivel de religiosidad, sólo que para algunos es más cómodo e ingenuo, que por “no profesar” una religión, crean que no la tienen). Y recalco: creo que también en parte es una “devuelta de mano”, en la forma en que muchos cristianos se refieren a sus “opositores”. En el fondo: sólo contribuyen al mismo péndulo, encendiendo la rueda que no para de arder (cf. Epístola de Santiago). Pero también es cierto que tenemos el deber, y le digo a los cristianos, de elevar la calidad de la discusión comunitaria, social y política, sin caer en las trampas de gurúes influencers y políticos que quieren hacer del debate solamente una pelea de perros de quién ladra más fuerte, o de quién logra ser mucho más destemplado en la forma en que se refiere a su opositor. El que no devolvemos mal por mal, no tiene que ver con ser indulgentes, ingenuos, o aguantar lo que sea, sino también habla de una forma de hacer las cosas, que aunque no gane inmediatamente en “likes”, establece una pauta que limpia la comunicación, para poder poner el foco en lo que realmente importa.