Por Rafael Martínez, periodista y comunicador social
Hace pocos días, un gremio de funcionarias y funcionarios públicos emitió valientemente una declaración advirtiendo los daños sociales que podría generar el polémico proyecto de Reconstrucción impulsado por el Gobierno. Frente a la amplia difusión de la opinión de estos trabajadores del Estado, el ministro de la cartera a la que pertenecen respondió con una pregunta que sorprendió por su falta de sensibilidad: “¿Y a ustedes en qué les afecta?”. Parecía olvidar que quienes cumplen funciones públicas también forman parte de este territorio, conocen sus realidades y conviven diariamente con las consecuencias de las decisiones políticas.
Quise comenzar con este amargo episodio para reflexionar sobre uno de los legados más profundos y persistentes que dejó la dictadura —o Gobierno Militar, según cada cual prefiera denominarlo—: el debilitamiento de la empatía y la pérdida de la importancia del otro como sujeto de nuestra preocupación colectiva.
Sin minimizar los horrores del genocidio, la persecución y la tortura, el capitalismo salvaje, la mercantilización de las necesidades básicas y un individualismo desbordado constituyen también una pesada herencia. Una herencia que, mientras exhibía el llamado “milagro económico”, ocultaba los costos sociales de un supuesto jaguar financiero que mostraba sus garras hacia los mercados internacionales, pero daba la espalda a gran parte de sus propios habitantes. Todo ello amparado en argumentos técnicos sobre balanzas de pago, crecimiento o déficits estructurales, mientras la abundancia y los beneficios se concentraban en unos pocos.
Aún hoy vivimos inmersos en esa lógica mezquina y cotidiana que nos lleva a observar lo que posee el otro con envidia o resentimiento. No aspiramos necesariamente a superarnos, sino muchas veces a que el otro fracase. Como en aquel antiguo cuento chino donde un rey, cansado de la envidia que un hombre sentía hacia su hermano gemelo, decidió darle una lección. Le ofreció concederle cualquier deseo, con una condición: a su hermano le otorgaría el doble. Incapaz de soportar la idea de beneficiar al otro, el envidioso pidió que le quitaran un ojo.
La historia parece exagerada, pero refleja con inquietante precisión una conducta que sigue presente en nuestra sociedad. Basta ver las batallas campales en redes sociales ante el cobro intempestivo del CAE, donde chilenos contra chilenos celebran la angustia y el infortunio incluso de los que menos tienen. Ocurre también cuando se cuestiona la preocupación de un funcionario público por el destino de su comunidad; cuando se critica a quien alza la voz por problemas que afectan a otros; cuando se desacredita la solidaridad en nombre de intereses particulares, las campanas comienzan a doblar.
Y es entonces cuando conviene recordar la célebre reflexión de John Donne: “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo”. Más adelante, el poeta profundiza esa idea con una sentencia tan sencilla como conmovedora: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad”, entendiendo porque cada vez que el sufrimiento ajeno nos parece irrelevante, cada vez que creemos que los problemas de otros no nos incumben, la sociedad entera se debilita un poco más.
El mismo escritor de la época isabelina, citado por Hemingway en el título de una de sus más monumentales novelas —que aún dormita en la biblioteca materna y gracias a la cual conocí aquel poema a los seis años—, sigue resonando en mi memoria con una pregunta que ayer, como hoy, mantiene plena vigencia: ¿por quién doblan las campanas?.
La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda. Están doblando por ti. Y también, por todos nosotros.

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