Por David Muggioli Calfín, psicólogo y presidente FCHPAA
La sabiduría popular enseña que la jactancia suele ser el envoltorio de una falta. En la actual palestra nacional, donde la política, la farándula, la vida privada y la opinión abierta se cruzan a diario en las redes sociales, la necesidad de exhibir el propio mérito se ha convertido en una exigencia casi vital. Para muchos, se hace imprescindible mostrar, demostrar y ensalzar cada logro, por mínimo que sea, para validar quiénes son. Sin embargo, esa amplificación de las propias virtudes suele ser la otra cara de la misma moneda: la de las carencias que se intentan ocultar.
Un caso representativo para leer estas dinámicas interpersonales es el de Renato Garín. Muy pocos podrían poner en duda sus capacidades para el análisis político, su nivel académico o sus habilidades comunicacionales como escritor y comentarista. Su trayectoria encarna un ideal de movilidad social que a cualquiera le gustaría ostentar: un Melipillano que llega a la gran urbe, ingresar a la universidad, solventar sus estudios por esfuerzo propio, salir al extranjero a perfeccionarse, no deberle nada a nadie y retornar al país para transformarse en un actor relevante en el espacio público, habiendo ejercido roles como parlamentario y convencional constituyente.
Sin embargo, junto a ese despliegue de credenciales, las actitudes intempestivas que ha exhibido en la última semana dejan al descubierto la fragilidad de la estructura que lo sostiene, al menos en este momento. Tras el exceso de figuración asoma una falta de inteligencia emocional evidente, dificultades para entablar vínculos en el escenario público a largo plazo y un deseo profundo de reconocimiento que, aunque se niegue públicamente, aflora de forma recurrente al recordar la falta de validación que experimentó por parte de sus pares en el Frente Amplio y en los espacios de representación popular que ejerció.
A ello se suma una sensación constante de desplazamiento. Sus opiniones y escritos dejan entrever la vivencia de quien se siente fuera de lugar, como si en los círculos donde le tocó actuar nunca hubiese logrado consolidar un sentido cabal de pertenencia. Así, la sobreexposición de la capacidad intelectual termina funcionando como un escudo frente a la herida de no haber sido plenamente aceptado por sus pares.
El fenómeno trasciende, por cierto, a la figura de Garín; él es solo un espejo amplificado de una pulsión colectiva. Nuestra búsqueda incesante de figuración en en la vitrina pública nos interpela directamente sobre lo que nos falta por dentro. En una época vertebrada por la necesidad de exhibir el propio valor para existir ante los demás, la pregunta de fondo que nos queda por responder no es qué mostramos, sino cuál es la carencia interna que nos mueve a mostrarlo.

SIGUE LEYENDO
Cuando un crucifijo pende de una cofradía – OPINIÓN
La Condición Humana – OPINIÓN
¿Por quién doblan las campanas? – OPINIÓN