18 de agosto 2026

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Por Rafael Martínez, periodista y comunicador social.


¿Se imaginan, amigos y lectores de esta columna, amanecer un día cualquiera convertido en un escarabajo? Lo que parece una abominación febril, una pesadilla absurda o una manifestación del realismo mágico le ocurrió a Gregor Samsa, protagonista de La metamorfosis, novela breve publicada en 1915 y cuya autoría pertenece al escritor checo Franz Kafka.

El texto, que Kafka quiso incluso destruir junto con buena parte de su obra creativa, sobrevivió afortunadamente a aquella voluntad póstuma. Con el paso del tiempo, La metamorfosis no sólo se transformó en una de sus obras más reconocidas, sino también en una pieza fundamental de la literatura universal.

Efectivamente, en una minúscula versión de bolsillo, uno de los primeros libros que leí, probablemente cerca de los cinco años —y que aún conserva mi madre, y que espero, dentro de muchísimos años más, heredar—, la historia de Gregor Samsa no me sorprendió mayormente. Que aquel empleado, único sustento de su familia, amaneciera una mañana “metamorfoseado” en un insecto no me pareció entonces algo particularmente extraordinario. Quizás a esa edad la frontera entre la realidad, la fantasía y las pesadillas todavía no estaba del todo trazada.

Lo verdaderamente inquietante vendría después: aquella transformación desencadena un conflicto familiar de drásticas proporciones, donde el hombre que hasta entonces había sido indispensable para los suyos comienza, poco a poco, a convertirse en una carga, en una molestia y, finalmente, en un ser cuya existencia parece resultar intolerable para quienes dependían de él.

Interpretaciones literarias hay tantas como ediciones de este libro. Sin embargo, mi reflexión personal, que hoy comparto con ustedes, es que Gregor Samsa y lo que genera su “metamorfosis” constituyen, en el fondo, un reflejo de la vida que lleva: sostén de una familia acostumbrada a las comodidades y a la servidumbre de contar con alguien que resuelva sus necesidades; dedicado casi por completo al trabajo y atrapado en una existencia marcada por la obligación.

En la obra, incluso el gerente, al notar su ausencia, corre a increparlo por no haberse presentado a trabajar. No hay preocupación genuina por su estado, sino reproche por faltar a sus deberes. En el fondo, Gregor llevaba una vida sin matices, reducida al cumplimiento de obligaciones y limitada a la condición de un ser útil mientras pudiera producir, trabajar y sostener económicamente a los demás.

Quizás allí reside una de las mayores paradojas de Kafka: Gregor no se convierte realmente en un insecto cuando despierta aquella mañana. La verdadera metamorfosis ya había comenzado mucho antes. Su transformación física simplemente hace visible aquello en lo que su vida se había convertido: la de un ser humano reducido a su utilidad, despojado de deseos propios y, para muchos, finalmente considerado insignificante e intrascendente.

Lamentablemente, hoy, en nuestra sociedad, hay una verdadera multitud de Gregor Samsa. Las necesidades económicas, el agobio de la vida moderna y una realidad cada vez más conflictiva nos arrastran hacia lo prosaico, y lo vemos reflejado en existencias grises y apuradas, donde la felicidad parece quedar encerrada en momentos tan escasos que termina pareciendo una quimera.

Nos vamos convirtiendo, alegóricamente, en insectos impersonales, perfectamente adaptados a un colectivo donde la trascendencia resulta casi tan difícil de alcanzar como las vicisitudes que debió enfrentar el protagonista de Kafka.

¿Cuántas personas postergan necesidades básicas, tratamientos médicos, un mínimo espacio de descanso o simplemente el placer de contemplar la naturaleza, normalizando la generosidad y transformándola en una obligación permanente? ¿Cuántas veces confundimos el deber con el sentido de nuestra existencia y terminamos creyendo que vivir consiste solamente en responder a las necesidades de otros?

Samsa —insisto, desde mi personal interpretación— representaba para su entorno un generador de recursos y soluciones, alguien de cuya capacidad de trabajar dependía la estabilidad de su familia. Cuando pierde esa capacidad y queda convertido en aquel extraño insecto incapaz de sostenerlos, se transforma también en una verdad incómoda. Ya no es útil. Ya no responde a las expectativas. Y progresivamente es despojado incluso de su condición de integrante de la familia. Es significativo que sea su propia hermana quien termine concluyendo que deben deshacerse de él, como si su muerte fuera la única forma de poner fin a la vergüenza, la incomodidad y el sufrimiento.

Tal vez por eso La metamorfosis sigue siendo una obra tan vigente. Quizás Kafka no nos está preguntando qué ocurriría si una mañana despertáramos convertidos en insectos, sino qué parte de nosotros mismos vamos perdiendo mientras intentamos cumplir con todo aquello que se espera de nosotros.

Démonos, entonces, un espacio para alimentar nuestro mundo interior. Recuperemos un hobby, escribamos una carta, leamos un libro, caminemos sin prisa, contemplemos la naturaleza o simplemente permitámonos no hacer nada durante un momento.

Construyamos una vida que no dependa exclusivamente de las obligaciones impuestas por el mundo, ni mucho menos de las expectativas de los demás. Porque quizá la verdadera metamorfosis no sea convertirnos en otra cosa, sino recuperar aquello que alguna vez fuimos antes de olvidar quiénes éramos.