20 de julio 2024

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  • Una cosa es adorar a Dios o a un semidiós, otra cosa es idolatrar a un tipo bueno para el fútbol, como si fuera divino y ejemplo de vida

Por Leonardo Véliz en Revista El Ágora


Hubo una vez, un jugador de fútbol que, por llamarse Arturo, un periodista conocedor de la historia de Inglaterra y sus reinados, no encontró nada mejor que llamarlo el Rey Arturo. El aludido tuvo esa suerte, pues si se hubiese llamado Pedro, sin dilación, y conocedor de la historia, le habría denominado Pedro El Grande, como el zar de Rusia. Liviandades de un periodismo preso del marketing de la era moderna, con la urgente necesidad de rostros que seduzcan a la multitud para desparramar tinta publicitaria.

Lo cierto es que no existen fuentes primarias (es decir, contemporáneas a los hechos) que mencionen directamente a un líder o rey Arturo en los siglos V y VI. Tampoco se encontró certeza arqueológica que confirme su existencia.

Pero, dice la historia que fue un líder justo y aguerrido y fue traicionado por Lancelot que tuvo amoríos con su esposa Ginebra. Su hijo, le birló el trono, mientras él se batía en guerras lejanas.

Ahora bien, las características para que una persona sea coronada y proclamado como rey son muchas, todas loables de ser ejemplarizadoras o despreciadas: ejemplos como linaje, liderazgos, valientes, arrojados, seductores, incluso, hubo un rey torpe y tartamudo que le cayó de rebote ese título nobiliario y de ésta y otras maneras, se desparraman por todas las historias de las naciones monárquicas.

Que yo sepa, el fútbol del mundo ha tenido un solo rey y se llamó Pelé, existió otro, que se le comparó con Dios, una exageración descomunal -que terminó su vida crucificada por el alcohol y las drogas- y los medios de prensa han hecho un festín con títulos nobles de príncipe, conde, duque, etc.

A nadie se le proclamó como el Plebeyo, muchos dirán que sería una ofensa. Todo lo contrario, considero que una ofensa sería decirle ídolo. La palabra “ídolo” vale para sacralizar desde un punto de vista cristiano, para amar y admirar a alguien y son impulsos que engañan nuestra mente y corazón.

Una cosa es adorar a Dios o a un semidiós, otra cosa es idolatrar a un tipo bueno para el fútbol, como si fuera divino y ejemplo de vida.

En resumen, el ídolo es propio entre de gente ignorante que, cruza el límite del sacrilegio, la profanación desde lo religioso. Y desde lo filosófico, es propio de mentes lenguaraces.

Si yo quisiera insultar a alguien, le diría simplemente, ídolo. En otras palabras, falso.

A este Arturo sólo le han detectado dos neuronas y ambas están divorciadas. A Bielsa lo desestimó como un gran entrenador por no dar rienda suelta a sus caprichos y, a su anterior entrenador, Sampaoli, lo ha traicionado después que éste le limpió el vómito de sus constantes borracheras. ¿Qué se puede esperar de un tipo como él?

¿Le han dicho al “Rey Arturo” que la vida es muerte también? ¿Le han enseñado que la muerte llega a los 35 años -promedio- y debe empezar otra vida? ¿Que todos estamos destinados a envejecer y nadie puede huir de la vejez? ¿Le inculcaron que, por nuestra naturaleza estamos destinados a enfermarnos y nadie puede escapar de la enfermedad? ¿Y sobre todo que, por nuestra naturaleza estamos destinados a morir y nadie puede evadirse de la muerte?

El rey Pelé lo entendió, Maradona se resistió, todos tienen un final.

Para terminar, le digo a Arturo; que hasta a los guerreros el cuerpo se les deteriora y que los hombres al morir, o se convierten en cenizas o lo engullen las lombrices.

El deporte necesita de atletas en estado puro, lo que no coincide con Arturo. Y concuerdo con la hinchada de Flamengo, que lo recibió de brazos abiertos con la palabra “ídolo” y lo despidió con una patada en el traste con la palabra “burro”.